Mensaje del Superior Provincial
Fiesta de la Presentación de la Virgen María en el Templo
21 de noviembre de 2023

En este día en que la pequeña María es llevada al templo por sus padres Joaquín y Ana para dar gracias a Dios por su vida y reconocer esa vida como el mayor don recibido del cielo, también nosotros estamos invitados a entrar con ellos en el templo con la misma actitud y la misma disposición de reconocimiento y gratitud.

Hemos recibido la vida de otro, que ha pensado en nosotros con amor, y reconocemos en este don una expresión de su amor. Salgamos al encuentro de este amor primero, para permanecer en él y apoyar toda nuestra vida en la dinámica de la relación que Él genera.

Se trata de sabernos amados, de un amor único, gratuito, personal e incondicional. Este amor que recibimos despierta en nosotros un impulso misionero, una vocación. La alegría de ser amados y de encontrar el amor que está en el origen de nuestras vidas ilumina todo lo que hacemos, irradiando a nuestro alrededor y contagiando a todos los que están cerca de nosotros. La buena nueva comienza así a difundirse a través de los encuentros personales, y nuestras relaciones se convierten en el lugar privilegiado de una experiencia única y fundamental, la experiencia de un amor que cuestiona y hace referencia al origen de todo.

Fiesta patronal de San Sulpicio

Joaquín y Ana, testigos del extraordinario milagro de la concepción y el nacimiento de María, la llevan al templo siendo pequeña y, sin saberlo, ya la están introduciendo en un diálogo íntimo con su Creador, en ese espacio sagrado que es la morada y el lugar donde todos oyen hablar de sus beneficios y de su amor único.

María está allí, en presencia de Dios, dispuesta a oír su voz y a comprender la razón de su venida al mundo. El ángel Gabriel es el portador del anuncio que dará un vuelco a toda su vida, un anuncio de alegría: el ángel le dice: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). La alegría de ser bien pronto en su humanidad, la morada de la encarnación del Hijo de Dios: «El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,30-31). La alegría de ser el punto de partida de la nueva creación, esperada por el pueblo y prevista por los profetas: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que nacerá se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35).

Podríamos pensar que el Evangelio de la Anunciación es un Evangelio alejado de nuestras vidas, demasiado grande para la pequeña vida de cada uno de nosotros. Pero no es así. La dinámica de este acontecimiento, la dinámica de un Dios que quiere intervenir en la vida humana y que simplemente pide que se le permita hacerlo, es la dinámica de la fe, de nuestra relación cotidiana con Dios, que ni siquiera el drama actual puede poner en tela de juicio.

Pidamos a la Virgen María el don de la confianza en la obra de Dios en nosotros y en el mundo. La confianza en Dios nos dará una vida nueva, como el niño que nació en el seno de la Virgen, como la vida que brotó del sepulcro. Allí, donde la mano del hombre había sembrado la muerte, sólo la mano de Dios podía hacer resurgir la vida. Y eso fue lo que ocurrió.

Hoy no lo comprendemos todo, no somos capaces de interpretar correctamente lo que sucede, y éste es quizá uno de los elementos que más nos desorienta: no ser capaces de descifrar y descodificar este tiempo presente tan difícil, de poseer la clave para interpretarlo y controlar así los acontecimientos y el tiempo presente.

El Evangelio nos enseña a dejar decantar la experiencia vivida, que, gracias al tiempo, se transformará en una comprensión serena y libre de los acontecimientos actuales. Sólo con el tiempo podremos comprender y ver mejor Su presencia y Su obra. Hoy no sabemos como configurar una «historia» con lo que sucede; hay que dejar que el tiempo revele lo que ha pasado, dejar que crezca la inteligencia del corazón escuchando el silencio de Dios.

En el dolor y la alegría de los días venideros, releeremos estos acontecimientos y estoy seguro de que encontraremos una Palabra para ayudarnos a comprender su significado, a profundizar en ellos y a meditarlos para que nuestra vida cotidiana se convierta en una vida nueva.

Por eso, la certeza de que nada nos separará del amor de Dios, la confianza que brota de su fidelidad, no pueden desaparecer y nada, absolutamente nada ni nadie, podrá separarnos jamás del amor de Dios. San Agustín captó el sentido y el significado de esto cuando exclamó en Los soliloquios: «Oh Dios, abandonarte es perecer; contemplarte es amarte; verte es poseerte. Oh Dios, es hacia ti que la fe nos impulsa, es hacia ti que la esperanza nos eleva, es a ti que la caridad nos une… Desde ahora, sólo a ti te amo, sólo a ti me apego, sólo a ti te busco, sólo a ti quiero servir». (Los Soliloquios, L.I, cap.1).

Con nuestros cohermanos Robert Robidoux (70 años de sacerdocio), Mons. Emilius Goulet (65 años), Télesphore Gagnon (65 años), Mons. Marc Ouellet (55 años), Marcel Demers (55 años), Gilbert Dallaire (55 años), Nelson Londoño (55 años), Carlos Ballén (50 años), Augusto García (40 años), Gustavo Sánchez (40 años), José Tsuyomi Makiyama (35 años), Hernando Chitiva (35 años), Diego Arfuch (20 años), y Julio César San Román (20 años), hacemos nuestra esta hermosa oración de San Agustín, damos gracias al Señor, estamos alegres, gozosos y agradecidos. Las vidas consagradas al Señor nos dan muchos motivos para dar gracias. Ellos han elegido entregar su vida a Jesús y seguirle, así que quizás podríamos pensar: ¡al Señor se lo damos todo! Pero hoy comprendemos que es el Señor quien nos lo da todo. Es el Señor quien nos da el poder de entregarnos. Bienaventurados sois vosotros jubilares por haber acogido la llamada del Señor en el don de vuestra vida.

Así pues, unidos a María en nuestra fe, coloquemos nuestra vida al unísono del designio de Dios, ofreciendo nuestro corazón al Señor y aceptando cumplir su voluntad.

Oh María, tú que ofreciste tu corazón al Señor y, llena de gracia, esperaste fielmente el cumplimiento de la promesa de Dios, ábrenos tu corazón y comparte con nosotros tu alegría, para que no desesperemos jamás de poder ver el sol de Justicia y de Paz que trae consigo el advenimiento de tu Hijo. Intercede por nosotros, Madre, para que el corazón misericordioso de tu Hijo renueve nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, ahora y por los siglos de los siglos,
¡Amén!

P. Jorge Pacheco, PSS
Superior provincial

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