«Recordar el pasado con gratitud
Vivir el presente con pasión,
Abrirse al futuro con confianza».

Cuando la historia nos llama a mirar al futuro para revitalizar nuestro carisma y nuestro ministerio sulpiciano, estamos obligados a retomar la orientación que el Papa Francisco nos da en la Carta Apostólica que dirigió a todas las personas de vida consagrada el 21 de noviembre de 2014, el mismo día de nuestra fiesta patronal: la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María.

Mirar al futuro no significa escapar del presente. Porque es en el presente donde encontramos al Señor, que viene a nosotros para preparar con nosotros los tiempos venideros. En efecto, es «aquí y ahora» cuando tenemos que demostrar que detectamos su presencia y dejar que su Palabra inspire nuestra vida cotidiana. Pero para ello, nos dice Jesús, tenemos que velar.  

«Contar la propia historia es esencial para mantener viva la propia identidad, así como para reforzar la unidad de la familia y el sentido de pertenencia de sus miembros. No se trata de hacer arqueología ni de cultivar una nostalgia inútil, sino de volver a recorrer el camino de las generaciones pasadas para recoger la chispa inspiradora, los ideales, los proyectos, los valores que las movieron, empezando por los Fundadores, las Fundadoras y las primeras comunidades. Es también una forma de tomar conciencia de cómo se ha vivido el carisma a lo largo de la historia, qué creatividad ha desatado, qué dificultades ha tenido que afrontar y cómo las ha superado. Se pueden descubrir incoherencias, fruto de las debilidades humanas y, a veces, quizás del olvido de ciertos aspectos esenciales del carisma. Todo es instructivo y al mismo tiempo se convierte en una llamada a la conversión. Contar la propia historia es alabar a Dios y agradecerle todos sus dones». (Papa Francisco, Carta Apostólica del Papa Francisco a todas las personas consagradas, nº 1)

Como dijo el padre Serge Charbonneau en su homilía del domingo 27 de noviembre de 2011:

«¿Qué puede llevarnos a ver? ¡Es nuestra esperanza! Como seguidores de Jesús, debemos creer en nuestro mundo más que nadie, porque sabemos que está destinado a la eternidad. Debemos creer con energía que lo que decimos y hacemos dará fruto. ¿Cuándo dará sus frutos? ¿Cómo? Las respuestas no dependen de nosotros.

«Observar es luchar contra la oscuridad que llevamos dentro. Porque un gran riesgo que nos amenaza a todos es vivir como durmientes. Nos dejamos adormecer por lo que nuestro mundo nos presenta, nos dejamos adormecer por algunos de nuestros hábitos que, poco a poco, nos carcomen el corazón. Tenemos la impresión de que nos va bien y no nos damos cuenta de que el «no hay nada» o el «así es hoy en día» están debilitando seriamente nuestro corazón. Para contrarrestar estas tendencias, es importante alejar de nosotros la oscuridad del letargo y la negligencia».

A menudo nos paraliza la dificultad de liberarnos de los dioses creados a imagen y semejanza del hombre. Cuántas veces nos desesperamos, negándonos a creer que la omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza, de la autoridad, sino la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida. 

La omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza, de la autoridad, sino que es la omnipotencia del amor.

En la oscuridad de la noche más tenebrosa, en la desesperación más abrumadora, Jesús se acerca a los dos discípulos y recorre su camino para que descubran que él es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Jesús transforma su desesperación en vida, porque cuando desaparece la esperanza humana, empieza a brillar la esperanza divina: «lo que es imposible para el hombre es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. 1,37). Cuando el hombre llega al fondo del fracaso y de la incapacidad, cuando desecha la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, entonces Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su viaje en un retorno a Jerusalén, es decir, a la vida y a la victoria de la Cruz (cf. Hb 11,34).  

«Quien no pasa por la experiencia de la Cruz hasta la Verdad de la Resurrección se condena a la desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin crucificar primero nuestras ideas limitadas de un dios que refleja nuestra comprensión de la omnipotencia y el poder. 

«La verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más misericordiosos, más honestos y más humanos; es la que anima los corazones a amar a todos gratuitamente, sin distinción ni preferencia; es la que nos lleva a ver al otro no como un enemigo al que hay que vencer, sino como un hermano al que hay que amar, servir y ayudar; Es la que nos lleva a difundir, defender y vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la fraternidad; la que nos lleva a tener el valor de perdonar a los que nos ofenden; de tender la mano a los que han caído; de vestir al desnudo; de dar de comer al hambriento; de visitar al preso; de ayudar al huérfano; de dar de beber al sediento; de ayudar a los ancianos y a los necesitados (cf. Mt 25,31-45). La verdadera fe es la que nos lleva a proteger los derechos de los demás con la misma fuerza y entusiasmo con que defendemos los nuestros. De hecho, cuanto más se crece en la fe y en el conocimiento, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser pequeño. (Homilía del Papa Francisco en El Cairo – 29 de abril de 2017) 

La conciencia de nuestra fragilidad y vulnerabilidad, de nuestras limitaciones y pequeñeces en el presente nos abre a un futuro más eclesial y fraterno, donde los diferentes carismas se encuentran para construir juntos un único proyecto misionero. Lejos de todo protagonismo y prestigio, la acción misionera se convertirá en un lugar de humanidad, caridad, misericordia, diálogo, respeto, perdón, solidaridad y fraternidad. Más allá de todas las fronteras que levantemos, habrá una llamada más fuerte a experimentar el amor de Dios que supera todas nuestras divisiones.    

Que Dios nuestro Padre nos dé la gracia de

«Recordar el pasado con gratitud
Vivir el presente con pasión,
Abrirse al futuro con confianza».

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