« Pero recibirás poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ti. Entonces seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra. »

Ac 1,8

La palabra de Dios sigue el proceso normal de todas las palabras proclamadas, se transmite por el aliento que se convierte en sonido. El aliento toma así la palabra formada en el secreto de mi pensamiento y la dirige a otros. Los otros medios de transmisión sólo aumentan la potencia y amplifican el aliento, la voz. Incluso la escritura es posterior a la voz y a la expresión oral, porque los caracteres del alfabeto son sólo signos que representan sonidos.

La Palabra de Dios sigue esta ley. Se transmite por el soplo de Dios mismo, por el Espíritu Santo. El aliento de Dios anima su Palabra. Esta es la ley fundamental de todo anuncio y evangelización. El Espíritu Santo es su verdadero y esencial medio de comunicación. Sin Él, sólo queda la cobertura humana del mensaje. Las palabras de Dios son espíritu y vida. Sin embargo, sólo se pueden transmitir o recibir en el Espíritu. A lo largo de la historia de la salvación, vemos esta ley fundamental: en el Evangelio de Lucas, Jesús comienza a predicar, movido por el Espíritu Santo:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a curar a los quebrantados de corazón. Para proclamar la liberación de los cautivos y la vista de los ciegos, para liberar a los oprimidos, para proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Después de la fiesta de la Pascua, Jesús exhorta a los apóstoles a que se mantengan alejados de Jerusalén hasta que sean revestidos con el poder de lo alto:

«Pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

Todo el relato de Pentecostés sirve precisamente para destacar esta verdad, cuando Pedro y sus apóstoles dan testimonio público de Cristo muerto y resucitado:

«¡Hombres de Israel, escuchad estas palabras! Jesús de Nazaret, el hombre del que Dios dio testimonio ante vosotros por los milagros, prodigios y señales que realizó por medio de él en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis, os fue entregado según el propósito y la previsión de Dios, y vosotros lo crucificasteis y lo matasteis a manos de los impíos. Dios lo resucitó de entre los muertos, porque no era posible que fuera retenido por la muerte» (Hechos 2:22-24).

Sus palabras tienen un poder de convicción tan fuerte que las tres mil personas que las escuchaban comenzaron a conmoverse. El Espíritu Santo vino sobre los apóstoles y los transformó en un impulso irresistible para evangelizar.

San Pablo también afirma que sin el Espíritu Santo es imposible proclamar la forma más elemental y el principio fundamental de todo anuncio cristiano: «Jesús es el Señor». San Pedro describe a los apóstoles como aquellos que anunciaron el Evangelio en el Espíritu Santo. La palabra Evangelio indica el contenido, y la expresión en el Espíritu Santo revela los medios y el método de proclamación.

Sin embargo, nadie puede expresar mejor la relación entre la evangelización y el Espíritu Santo que el propio Jesús, en la noche de Pascua, cuando se manifiesta a los discípulos en el Cenáculo y les dice:

«¡La paz sea contigo! Como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Al decir esto, sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,20-21).

Jesús envía a los discípulos a anunciar el Evangelio a todo el mundo y también les confía, a través del soplo, el medio por el que se puede llevar a cabo este anuncio, el Espíritu Santo.

Nada nos impide pensar ahora, en esta Pascua hacia la que nos orientamos, que Jesús quiere convocarnos de nuevo, no sólo para escuchar su Palabra o para reflexionar sobre su acción en la Iglesia, sino para darnos de nuevo su Aliento y la fuerza vital de su Espíritu. Cristo resucitado vivirá siempre así, buscando entre nosotros a todos los que estén dispuestos a recibir la fuerza vivificadora de su Espíritu Santo. Nuestra misión necesita renovarse y recuperar su dinamismo original. También necesitamos revestirnos cada vez más del Espíritu de Cristo resucitado, que puede reavivar en nosotros el ardor de su presencia en nuestros corazones.

Queridos hermanos,

Dejémonos guiar por el Espíritu

para que podamos vivir realmente el presente y construir el futuro

Feliz Pascua 2021

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