La Santísima Trinidad

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31 de mayo de 2026

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«Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros».

La pregunta sobre Dios y nuestras ilusiones humanas

«¿Qué es Dios?», nos preguntaba el pequeño catecismo de Quebec en el número 10. Y respondíamos de memoria: «Dios es un espíritu infinitamente perfecto.»

¿Quién es Dios? Es una vieja pregunta, siempre actual, de la que los seres humanos no dejan de debatir, por la que incluso les ha ocurrido y todavía les ocurre combatir, tanto tiene cada uno instintivamente la certeza de conocer su verdadera naturaleza.

Pero Dios es otro, siempre otro. Hace falta mucho tiempo para descubrirlo en verdad. Estamos tan tentados de proyectar en él nuestros deseos, de verlo según lo que nos conviene: un Dios lejano, indiferente a nuestra suerte; Dios policía que nos asusta, pero garantiza la Ley; un Dios abuelo benévolo a quien apenas se podría tomar en serio, pero que nos asegura una recompense final; un Dios aliado, pero cuya alianza no es fructífera más que si asegura la satisfacción de nuestras expectativas.

Reflexión teológica y espiritual para la Santísima Trinidad 2026 (31 de mayo). Descubre cómo ir más allá de las ilusiones humanas para entrar en el misterio de un Dios de amor y comunión.

Sino que el verdadero Dios no sabría revelarse más que más allá del derrumbe de todas estas ilusiones. Si, como cristianos, afirmamos que Dios se ha revelado en Jesús, no pretendemos por ello haberlo descubierto plenamente nosotros mismos, de tal manera que lo poseeríamos. Pero creemos que a través de su muerte, manifestando la plenitud del amor, este Jesús nos ha dado a entrever a aquel de quien hablaba como de un Padre de quien él era el Hijo, viviendo de su Espíritu.

Para muchos creyentes, el enunciado del dogma trinitario no es más que una afirmación formal y vacía. Para aquel que está verdaderamente en búsqueda de Dios, él es la fascinante Luz, que nos abre a la perspectiva de un prodigioso intercambio, al cual estamos invitados a participar.

En los textos bíblicos de esta liturgia, podemos constatar que Dios se revela según su verdadera naturaleza: por el Cristo y por el Espíritu, el Padre no cesa de revelarse a sí mismo llamándonos a vivir de Él.

La revelación en el Sinaí: un Dios tierno y misericordioso

En la primera lectura, nos unimos al pueblo de Dios en su marcha hacia la Tierra prometida. Liberados de Egipto, comprometidos en la alianza sinaítica, los hebreos acaban de traicionar sus promesas de obedecer la Ley. Moisés intercede por el pueblo culpable. Es entonces cuando el Dios liberador se hace conocer bajo un aspecto hasta entonces desconocido: el Señor temible es al mismo tiempo «tierno y misericordioso»… «lleno de amor y de fidelidad». ¡Es un primer acercamiento de una revelación que rebotará en Jesucristo! Ella encamina ya a los creyentes hacia el reconocimiento de la realidad más íntima de Dios.

Hay que notar bien: Dios desciende en la «nube»; dicho de otro modo, la presencia de Dios permanece misteriosa, fuera de alcance. Y sin embargo, Dios es alguien y no una fuerza impersonal. No se parece al ídolo de madera o de piedra fija e insensible. Al contrario, repitámoslo: él es «tierno y misericordioso, lento a la cólera, lleno de amor y de fidelidad». Él acompaña a su pueblo. Apartarse de él sería una locura; sería renunciar a toda salvación.

El episodio del libro de Daniel de los tres jóvenes arrojados al horno y la cita del cántico que entonan allí ilustran la manera en que el pueblo elegido ha mantenido la confesión del Dios verdadero, a pesar de las persecuciones. Este canto enuncia todos los aspectos de la obra divina permitiendo comprender la grandeza del Señor. Hay que notar que el cántico de los tres jóvenes en el horno (66 versículos) no se encuentra más que en la Biblia griega, la Septuaginta. La imagen de Dios que transmite es de las más tradicionales: Dios reina tanto sobre los abismos como en el firmamento en el cielo.

La obra conjunta del Padre, del Hijo y del Espíritu

En la segunda lectura, san Pablo incita a sus corresponsales a la perfección de la caridad. La fraternidad cristiana es fuente de paz y de alegría. Refleja sensiblemente la realidad de un Dios que se ha hecho conocer como Señor de paz y de amor. El Apóstol presenta entonces el salvamento como obra conjunta de Jesús Señor, de Dios y del Espíritu. La Iglesia reconocerá en su fórmula una expresión de fe trinitaria, que sirve de saludo en la liturgia de la misa.

En efecto, la segunda carta a los Corintios termina con una fórmula de coloración trinitaria que era sin duda utilizada en la liturgia de las comunidades cristianas. La «gracia», «el amor» y la «comunión» son atribuidos respectivamente a Jesús, a Dios (el Padre) y al Espíritu. Se notará que es siempre en beneficio de los discípulos («vosotros») que esta Trinidad es invocada y actúa eficazmente.

Reflexión teológica y espiritual para la Santísima Trinidad 2026 (31 de mayo). Descubre cómo ir más allá de las ilusiones humanas para entrar en el misterio de un Dios de amor y comunión.

El don del Hijo único para la salvación del mundo

En su evangelio, al reportar la entrevista de Jesús y de Nicodemo, san Juan subraya la fe de la Iglesia en Jesús Hijo de Dios, entregado para la salvación del mundo. Creer en eso es entrar en la vida, porque es acceder a la revelación liberadora de un Dios que nos ama.

«Dios ha amado tanto al mundo que ha dado a su Hijo único.» Estos verbos «amar» y «dar» dicen lo que es la Trinidad para nosotros. En efecto, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús manifiestan el amor apasionado de Dios que ofrece a todo ser humano la «vida eterna», dicho de otro modo, su propia vida. Dios se define por este amor. Y además Dios espera de nosotros una total confianza, porque respeta nuestra libertad y no nos salva sin nuestro acuerdo. El evangelista pide a los lectores determinarse ante este Dios que nos ama tanto.

Los creyentes que han escrito los libros sagrados para testimoniar su fe apenas se interesan por la naturaleza de Dios en sí mismo. Para ellos, Dios es ante todo alguien que entra en relación con la humanidad, para hacer alianza con ella. Si Dios envía a su Hijo a habitar entre nosotros, es porque nos ama y porque es la mejor prueba de su amor. Dios quiere, afirma el evangelista san Juan, «salvar» al mundo, es decir, quiere que todo ser humano obtenga la vida eterna y pueda compartir su propia vida divina.

El título de «hijo de Dios» en la Escritura es dado al rey representante de la divinidad. Pero aplicado a Jesús este título va a tomar otra profundidad. Ya no se trata solamente de identificar a Jesús con el rey o Mesías. El evangelista insiste: Jesús es «Hijo único de Dios»; nadie más que él es en este sentido Hijo de Dios. Forma parte de la familia de Dios.

Una nueva mirada sobre el mundo

Dios, ¿quién es él para nosotros? Los textos bíblicos de esta liturgia nos dan respuestas seguras a esta interrogación vertiginosa. Por eso creemos en un Dios que ama al mundo, que ama a este mundo. Creemos en un Dios que da, y que se da en Jesús, su Hijo que es su alegría. Creemos en un Dios que nos da su Espíritu, Espíritu que moldea nuestra mirada a la manera de Dios. Creemos en un Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creer en un Dios Trinidad, eso cambia nuestra mirada. Recibimos la invitación a considerar nuestro mundo conmovido, sus alegrías y sus esperanzas, sus tristezas y sus angustias, con la paternal mirada de Dios. Una mirada que acompaña y que espera, una presencia que se ofrece.

Respondamos con nuestra candor de niño a la pregunta número 20 de nuestro pequeño catecismo: «¿Cuántas personas hay en Dios? – Hay en Dios tres personas divinas, realmente distintas entre ellas e iguales en todas las cosas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo».

Pidamos la gracia de amar al mundo a la manera del Padre celestial, de detectar en él la presencia de Cristo que nos precede y nos acompaña, de estar a la escucha del Espíritu que nos vuelve inventivos a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas.

Celebrar la Eucaristía es ya participar en la vida trinitaria. Al penetrar nuestro corazón, el Espíritu nos vuelve hacia el Padre y nos da una conciencia de hijos e hijas. Podemos entonces hacer nuestra la acción de gracias que Jesús no cesa de rendir a lo largo de su existencia, y que manifestó por el don de sí mismo en la cruz. Nuestra vida entera es capturada en el movimiento de vida del Dios trinitario. Tal es el fruto de la Eucaristía.

¡Amén!

+Émilius Goulet, PSS
Arzobispo emérito de San Bonifacio

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