Pentecostés

————————
24 de mayo de 2026

—————————

« ¡Oh Señor, envía tu Espíritu que renueva la faz de la Tierra! »

El soplo de Dios y el deseo de vida

Según la leyenda, al admirar su obra terminada, Miguel Ángel habría golpeado la rodilla de la estatua de Moisés con su mazo exclamando: «¿Por qué no hablas?», de lo tan impactante que era el realismo de la escultura. Le faltaba el «soplo de Dios». Moisés hablaba en nombre de Dios cuando era un hombre, y no un bloque de mermol.

¡Vivir! ¡Vivir en plenitud y para siempre! Tal fue el grito espontáneo del ser humano desde sus orígenes. Pero el pecado que fue suyo lo encerró en sí mismo y lo condujo al fracaso. La verdadera Vida es el Espíritu. Ella nos es ofrecida, afirma la revelación cristiana.

¡El Espíritu, «soplo de Dios»! Los autores bíblicos llamaron así a la fuerza brotante cuya acción detectaban en el mundo creado. Reconocieron su presencia en el don de la Ley. Esperaron el renacimiento de su pueblo aplastado por la derrota. Vieron en él, sobre todo, el dinamismo capaz de recrear el corazón pervertido del ser humano y de volverlo hacia mi Señor.

Reflexión profunda sobre el don del Espíritu Santo en Pentecostés 2026. Descubre el significado del soplo de Dios, la misión de la Iglesia y la renovación del mundo.

La revelación del Dios trinitario

En cambio, para los hagiógrafos del Antiguo Testamento, este término no designaba más que una manifestación divina. Por su parte, la fe cristiana, dando un paso más en la revelación divina, reconoce en él la denominación de una «persona» viva. Dios, en su realidad más profunda, es intercambio y don. Este descubrimiento fundamental, hecho accesible al ser humano en Jesucristo, se expresa por la creencia en el Dios trinitario. El Padre y el Hijo, unidos en la reciprocidad, se reconocen en el Espíritu, Amor sustancial al cual uno y otro dan su plenitud de realidad.

Si bien se trata de una verdad imposible de comprender con total claridad, sus consecuencias son igual de prodigiosas para la persona humana: al participar del Espíritu, es capturada en el dinamismo mismo de la vida divina.

Pentecostés, fiesta del Espíritu, marca así la culminación de la Pascua. Es a partir de ella y por ella que se afirma la renovación del mundo recreado por Dios. Los textos bíblicos de esta liturgia nos cuentan cómo el mundo nuevo surgió con la Resurrección del Señor y el don del Espíritu.

De Babel a la universalidad de Pentecostés

A diferencia de san Juan, quien condensa en un solo episodio la aparición de Cristo a sus discípulos y el don del Espíritu, san Lucas presenta estos acontecimientos distribuidos en el tiempo. Las imágenes con las que evoca el acontecimiento de Pentecostés toman su sentido del Antiguo Testamento: evocan la revelación del Sinaí, punto de partida del pueblo de Dios, y la comunicación recuperada entre seres humanos cuya división había marcado el episodio de la Torre de Babel.

La humanidad reconstituida puede cantar la alabanza de Dios. Pentecostés no es, sin embargo, más que un punto de partida. Toda la continuación de los «Hechos de los Apóstoles» tiene como fin mostrar el estallido del Espíritu Santo en el mundo. Así se nos anuncia la obra de reunificación de la humanidad, que continúa a través de la historia, gracias a los creyentes penetrados del amor divino.

Así pues, san Lucas, para su relato del Pentecostés cristiano, revisita elementos del Pentecostés judío. El don de la ley a Moisés, acompañado de fuego y de viento en el Sinaí, se convierte aquí en el don del Espíritu de Jesús. La totalidad del pueblo estaba representada en el Sinaí. En la Pentecostés cristiana, los judíos presentes son «de todas las naciones que están bajo el cielo». La universalidad del Evangelio se prepara.

La renovación de la tierra y la diversidad de los dones

El Salmo responsorial, el salmo 103, canta al Dios que ha hecho todas las cosas. La mención del «soplo» de Dios que da el vivir y que renueva la faz de la tierra permite aquí un acercamiento rápido con la irrupción del Espíritu o Soplo de Dios del relato de los Hechos de los Apóstoles sobre la Pentecostés cristiana. Para los cristianos, la Pascua, que engloba a Pentecostés, es una verdadera «renovación de la faz de la tierra». Por eso podemos cantar: «¡Oh Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra!»

En la segunda lectura, constatamos que los corintios están tentados a atribuir una importancia excesiva a ciertos dones extraordinarios. San Pablo les recuerda que estos dones no tienen sentido más que en la medida en que ayudan a una comunidad a construirse en el amor. De la misma manera, la diversidad de funciones no autoriza a nadie a considerarse superior a los demás. Cada uno tiene su lugar insustituible en un todo unificado por el Espíritu. Este se manifiesta de manera particular en cada uno. Tiende a reunir a todos los hombres y a todas las mujeres en el amor.

El Espíritu es Dios mismo que crea, «anima», hace «respirar», «vivir». Anima así a la comunidad de aquellos que confiesan a Jesús como Señor. Ante el desorden constatado en la asamblea de Corinto, el Apóstol Pablo se ve llevado a desarrollar los criterios que permiten reconocer los verdaderos dones del Espíritu: la construcción de la comunidad y el amor.

Reflexión profunda sobre el don del Espíritu Santo en Pentecostés 2026. Descubre el significado del soplo de Dios, la misión de la Iglesia y la renovación del mundo.

Una Iglesia enviada en misión

¡No olvidemos la secuencia de la misa de este gran día! A través de este magnífico himno, un creyente intentó expresar toda la riqueza del Espíritu viniendo a transformar el corazón del ser humano. En su diversidad, los relatos evangélicos que reportan los acontecimientos posteriores a la Resurrección de Jesús convergen hacia una misma idea: Jesús hace participar a los suyos del Espíritu que lo anima. Los hace, por tanto, capaces de proseguir su misión partiendo al mundo a anunciar la salvación.

Los discípulos son enviados en misión por el Resucitado. Reciben el Espíritu de Jesús, el Soplo santo, que les permitirá ser animados, «respirar», «vivir» como Jesús. El pecado en la tradición bíblica es lo que aparta, aleja de Dios, impide «vivir» de su Espíritu. La inmensa misión de los discípulos es que todo ser humano pueda volver hacia Dios y vivir de su soplo, de su vida.

El signo de su presencia viva

En la Escritura, la palabra «soplo» o «viento» («ruah» en hebreo y «pneuma» en griego) sirve también para designar el aliento de vida, el espíritu. Utilizado para Dios, evoca su presencia vivificante y creadora. El soplo no se ve, pero sus efectos dejan percibir que está realmente ahí. El Resucitado «derrama» su soplo sobre sus discípulos. Ellos reciben el Espíritu Santo. El evangelista explica a los discípulos que el Resucitado no los ha dejado, aunque no lo vean. Ellos son ahora, ellos mismos, el signo de su presencia. Son enviados para ser ante todos esa presencia que perdona, que salva.

Los discípulos reciben en Pascua el Soplo de Dios para partir a anunciar a toda la humanidad el Evangelio de Jesús, el Cristo Señor. Los pecados son perdonados y es la vida de Dios la que se ofrece a todos en el nombre de Jesús. El relato joánico de la aparición del Resucitado a sus discípulos el día de Pascua es así el equivalente del relato de Pentecostés de los Hechos de los Apóstoles.

Pentecostés traduce el momento en que los Apóstoles comprendieron plenamente el sentido de su misión de llevar el Evangelio. Están desde ahora maduros, listos para dar testimonio y lanzarse a la aventura. El Espíritu ha vencido sus ilusiones y sus resistencias. No solo la historia no está cerrada, sino que, mucho más, es una nueva era la que se abre. Es la Pascua la que se va a propagar, a comunicar. Como se ha dicho, es «la Pascua que se enciende».

Meditación de san Ireneo de Lyon

Aquí tienen para su meditación un texto de san Ireneo de Lyon († hacia 200), que se podría titular: Hacer una sola masa y un solo pan:

«El día de Pentecostés, el Espíritu reunía en la unidad a las tribus separadas y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones. Por eso también el Señor había prometido enviarnos un Defensor (cf. Jn 16, 7) que nos reconciliara con Dios.

Porque, así como con harina seca no se puede, sin agua, hacer una sola masa y un solo pan, así nosotros, que éramos una multitud, no podíamos tampoco llegar a ser uno en Cristo Jesús sin el Agua venida del cielo. Y así como la tierra árida, si no recibe agua, no da fruto, así nosotros mismos, que al principio no éramos más que madera seca, nunca habríamos dado fruto de vida sin la Lluvia generosa venida de lo alto. Porque nuestros cuerpos, por el baño del bautismo, recibieron la unión con la incorruptibilidad, mientras que nuestras almas la recibieron por el Espíritu. Por eso uno y otro son necesarios, puesto que uno y otro contribuyen a dar la vida de Dios.»

Reflexión profunda sobre el don del Espíritu Santo en Pentecostés 2026. Descubre el significado del soplo de Dios, la misión de la Iglesia y la renovación del mundo.

El Espíritu en el corazón de la Eucaristía

Por el don del Espíritu, la Eucaristía se convierte para nosotros en «cuerpo y sangre de Cristo». Considerada en su realidad humana, la Eucaristía no es más que un simple compartir de elementos naturales. Es la presencia del Espíritu la que da a este compartir una nueva dimensión. Se convierte en participación en el intercambio de amor propio de Dios. Al celebrar la misa, tomemos conciencia de la importancia de nuestro llamado al Espíritu. Él es quien da su sentido al pan y al vino, haciéndolos para nosotros cuerpo y sangre de Cristo. Él es quien nos introduce en el movimiento de acción de gracias que fue el de Jesús.

¡Amén!

+Émilius Goulet, PSS
Arzobispo emérito de San Bonifacio

Si te ha gustado este contenido, ¡compártelo!