6º Domingo de Pascua A
————————
10 de mayo de 2026
—————————
« Yo le pediré al Padre, y él les dará otro Defensor que estará siempre con ustedes: el Espíritu de verdad ».
Cuántas veces ciertas personas descubren con asombro que la muerte de un ser querido les permite, por fin, comprenderlo mejor. Su desaparición les permite percibir el espíritu que lo animaba durante su vida terrenal. Tienen la impresión de descubrir repentinamente su verdadero rostro.
Jesús veía bien que sucedería lo mismo con sus Apóstoles. Por consiguiente, reconocía que su pasión y su cruz serían reveladoras y darían a los suyos la fuerza necesaria para continuar su obra.
A esta fuerza, Él le daba un nombre propio: el Espíritu. Así designaba su relación íntima que caracteriza su intercambio de amor con el Padre. Ser penetrado por este Espíritu, por esta santa mentalidad divina, ya no es solo estar agregado desde el exterior al grupo de los discípulos de Jesús. Es ser impulsado por el dinamismo mismo de Dios. Es participar en la plenitud de comunicación que arranca definitivamente de la soledad. Es acceder a una libertad interior insospechada. Es convertirse en una criatura nueva que vive en la fidelidad de Dios. Es entrar en la nueva comunidad que brota de la unión de Dios y los seres humanos.
Los textos bíblicos de esta liturgia nos presentan a la Iglesia como la nueva asamblea o comunidad impulsada por el Espíritu de Jesús, para continuar su misión en el mundo.
La expansión de la Iglesia y el don del Espíritu
El don del Espíritu, narrado al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, se traducía en el nacimiento de una comunidad que san Lucas describía ya como universal. De hecho, esta expansión de la Iglesia en toda la humanidad solo puede cumplirse de forma progresiva. Es lo que aparece a través del relato de la conversión de un buen número de samaritanos, esa gente detestada por los judíos. En un principio, estos samaritanos solo habían recibido una revelación muy parcial de Jesús. De ahora en adelante, son agraciados con la plenitud del Espíritu.
En efecto, Samaria no conoció la evolución de la fe del reino de Judá y es considerada como desviada por la capital religiosa que es Jerusalén. Pero he aquí que acoge la predicación de Felipe. Pedro y Juan se ven como obligados por el Espíritu a reconocerlo. El programa de ser testigos hasta los confines de la tierra, que el Resucitado dio a sus discípulos, comienza a realizarse (cf. Hch 1,6). Felipe reproduce la acción misma de Jesús: liberación de espíritus impuros, curación de paralíticos y lisiados.
Una liberación interior y universal
El Salmo responsorial relata que, durante un sacrificio en el Templo, el salmista evoca la acción de Dios en favor de su pueblo. El Señor ha dado la Tierra Prometida. Luego ha probado a los suyos mediante el exilio en Babilonia. Ahora que está purificado, el pueblo puede cantarle de todo corazón. Para el cristiano, esta purificación solo es total por el don del Espíritu que viene a renovar el corazón del ser humano. Es este Espíritu el que provoca la verdadera liberación al arrancar al ser humano de su exilio, que es el pecado.
Por consiguiente, el mundo es convocado a una gran liturgia para celebrar las acciones fuertes de Dios en favor de los «hijos de los hombres». ¿Cuáles? El salmo las precisa: se trata de las del Éxodo con el paso del Mar Rojo y del Jordán. Por la última palabra del salmo, descubrimos el secreto de esta actitud divina: es el «amor», que es a la vez bondad, misericordia, fidelidad y lealtad.
En la segunda lectura, constatamos que los primeros cristianos se enfrentan a la calumnia y a la persecución de sus adversarios. San Pedro les indica la línea de conducta a seguir. Nunca deben renunciar a dar testimonio de su fe. Deben reaccionar siempre con dulzura, respetando a sus enemigos. Al hacer esto, imitarán el comportamiento de Jesús durante su pasión.
Estar listos para dar razón de su esperanza y de forma respetuosa. Esta exhortación se dirige a los cristianos que conocen la hostilidad a causa de su fe. Pero se observará que está rodeada de dos evocaciones del Señor Jesús, el único santo, muerto y vuelto a la vida. Una manera de recordar que el Señor Jesús tiene el primer lugar en el corazón del discípulo, pase lo que pase.
Una red de relaciones divinas
La lectura del evangelio nos enseña que amar a Jesús es seguir su ejemplo y obedecer sus mandamientos. Es, sobre todo, ser captados en el dinamismo que lo impulsa. El don del Espíritu arranca a la persona humana de su vida terrenal para hacerla participar en el intercambio que define a Dios mismo. Tal don procura una plenitud impensable para personas encerradas en su mundo cerrado.
Cuando se presenta la fe cristiana como una relación de amistad o de amor con Cristo, algunos se asombran. Sin embargo, más que un conjunto de ritos, de doctrinas, de preceptos morales, de instituciones, la fe cristiana es, ante todo, una red de relaciones cálidas, mucho más profundas que las que se pueden entablar en otras redes.

¿Quiénes son las personas que están en esta red de relaciones? Jesús, el Padre, el Paráclito y los discípulos. Primero está Jesús. En el momento en que va a dar su vida, declara: « El que guarda mis mandamientos, yo lo amaré, y me manifestaré a él. » Es en este amor recíproco donde se sitúa la práctica de la moral evangélica.
Está el Padre: « El que me ama será amado por mi Padre ». Amar a Cristo es, por el hecho mismo, ser amado por su Padre. Un vínculo profundo une a Cristo y su Padre. El amor del Padre por nosotros pasa por el Cristo.
Y por el Espíritu Santo: « Yo —dice Jesús— pediré al Padre, y él les dará otro Defensor o Paráclito que estará para siempre con ustedes: el Espíritu de verdad », del cual sabemos, por otra parte, que es Espíritu de amor. Y será para siempre. Porque, aunque parte hacia su muerte y luego asciende al cielo, el Hijo de Dios no deja huérfanos a sus discípulos: prolonga y profundiza la presencia afectuosa que los discípulos conocieron, enviándoles para siempre su Espíritu. Ahora bien, por la presencia del Espíritu, existe de ahora en adelante en el corazón de cada uno la presencia misma de Jesús y de su Padre. Estas relaciones ya no son relaciones entre personas exteriores, sino interiores las unas a las otras. Estar en el otro es el deseo más ardiente de las personas que se aman. Es lo que Cristo propone a sus discípulos con total claridad. Difícilmente se puede llevar el amor más lejos.
No dejarnos huérfanos
Para una mejor comprensión del mensaje de hoy, es bueno recordar que el relato del evangelio de este día nos remite a la víspera de la pasión y muerte de Jesús. En el corazón de la Cena, Jesús dirige palabras de consuelo a los discípulos en pleno desconcierto. En un clima de gran intimidad, ciertamente de emoción, Jesús prepara a sus amigos para la separación, para su ausencia y, al mismo tiempo, para una nueva presencia. Reconozcamos que la comprensión de sus palabras es tan difícil para nosotros como para los primeros discípulos. Hoy no estamos más seguros que ellos de la presencia de Cristo. Prestemos atención y pidamos al Padre que nos deje iluminar por el Espíritu de verdad, que «vive en nosotros» como, recíprocamente, nosotros vivimos en Él. ¿Creemos en ello? Somos los templos del Espíritu Santo. Gustemos de esta relación de libertad y de amor que se nos ofrece, y de su promesa de no dejarnos huérfanos. Jesús nos entrega con ternura lo más profundo que hay en Él y que desea confiarnos: dejar pasar el amor del Padre en la cotidianeidad de nuestras vidas, nuestros compromisos, nuestras relaciones, nuestras contradicciones, nuestros sufrimientos…
En este tiempo que nos conduce a la Ascensión y a Pentecostés, que el Espíritu actúe, «habite» en nosotros y guarde nuestros corazones despiertos en la fe y en el amor, atentos a su presencia en nosotros y en este mundo tan amado por el Dios trinitario.
El testimonio dado a Dios es, para el mundo, la cara visible de nuestra ofrenda eucarística. Penetrados por el Espíritu, los cristianos deben estar listos para dar su vida para dar testimonio de Dios. Ya, por su comportamiento en su vida diaria, llevan este testimonio. Así pueden identificarse con Cristo, cuya existencia entera fue una Pascua, un paso hacia Dios. Cumplen así el verdadero sacrificio, del cual la celebración eucarística es la expresión sacramental.
¡Amén!
+Émilius Goulet, PSS
Arzobispo emérito de Saint-Boniface