5º Domingo de Pascua A

————————
3 de mayo de 2026

—————————

« Ustedes son una estirpe elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo destinado para la salvación, para que anuncien las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable ».

¿Quién puede conocer a Dios? ¿Dios, quién es Él? A lo largo de su historia, los seres humanos se han hecho esta pregunta. La mayoría de las veces no han hecho más que trasponer en Él sus expectativas y sus miedos. En su nombre, se han opuesto unos a otros, se han destruido, manifestando así hasta qué punto proyectaban su voluntad de poder sobre el Todopoderoso que decían adorar. Dios: es precisamente a quien Jesús se propone revelar, porque descubrir su verdadera naturaleza es liberarse de toda alienación, es vivir.

El Señor Jesús presenta a este Dios como el Padre, fuente del amor del que Él mismo vive y del que da a vislumbrar su grandeza a través del reconocimiento filial que le manifiesta a lo largo de su vida. Así, su existencia, limitada y desembocando en la muerte, se convierte verdaderamente en Revelación del Altísimo. Ahora es a través de una Iglesia, marcada por las limitaciones humanas e incluso por el pecado, donde este Altísimo continúa manifestándose. Pues, a pesar de sus defectos, esta Iglesia es constantemente impulsada por el mismo Espíritu de Jesús. Ella da testimonio de un llamado al amor del cual sigue viviendo, contra viento y marea.

5º Domingo de Pascua 2026: Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida

El Espíritu en el corazón de las tensiones de la comunidad

Los textos bíblicos de esta liturgia nos revelan que es en Jesús, un hombre limitado y mortal, prolongándose en una comunidad frágil, donde Dios se manifiesta plenamente.

Nuestra primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos demuestra que la bella unanimidad del día después de Pentecostés parece deshacerse. Cristianos, diferentes por sus orígenes, se oponen. Es el conflicto. Podría provocar la ruptura de la Iglesia. Pero el Espíritu se afirma como el más fuerte. Al reestructurar la comunidad, los Apóstoles le aseguran una mayor vitalidad. Así se afirma ante los ojos de la gente la potencia unificadora de Dios, dominando la tendencia humana a la división.

La fricción entre los hermanos sirve al propósito de san Lucas. La «Palabra» no puede limitarse a la comunidad madre de lengua hebrea. ¿No debe acaso «ganar terreno» para alcanzar también «los confines del mundo» (Hch 1,8)? El Evangelio es para todos. La autonomía de la comunidad cristiana de lengua griega es un primer paso hacia el reconocimiento de comunidades formadas por extranjeros.

Jesús, la Piedra Angular del Templo Espiritual

«El Señor es fiel en todo lo que ha hecho». Así, el Salmo responsorial invita a confiar plenamente en el Dios de Israel. Dios no se queda en su cielo sin preocuparse por quienes viven en la tierra. Es un Dios que quiere ser el protector de todos y de cada uno. Solo Él puede dar la liberación, la salvación. Tiene, sin embargo, una particularidad: ama el derecho y la justicia. Si por su Palabra lo creó todo, es ante todo salvador y protector.

«Acérquense al Señor Jesús», nos dice san Pedro. En vida, Jesús había afirmado la próxima desaparición del Templo, símbolo de la presencia de Dios en el corazón de su pueblo. Se llamaba a sí mismo Templo, morada de Dios en el corazón de la humanidad. Este Templo espiritual se prolonga en el pueblo cristiano, comunidad fundada en Jesús, piedra angular del nuevo edificio. Esta comunidad cumple lo que el judaísmo no podía realizar: el verdadero sacrificio que permite a los seres humanos encontrarse con Dios, fuente de vida y de luz.

La construcción del Templo, el sacerdocio encargado de ofrecer los sacrificios… Muy pronto la carta de Pedro vuelve al Señor Jesús, por quien todo se mantiene, todo se explica. Es Jesús quien es la piedra fundacional que permite que el Templo de piedras vivas se construya. Es a causa de Jesús que los cristianos forman el sacerdocio santo. Es la fe en Cristo la que construye la asamblea cristiana misionera.

El Camino hacia la Casa del Padre

La lectura del evangelio de este día nos conduce al piso alto del Cenáculo, en el umbral de la Pasión de Jesús. Los corazones están pesados, conmovidos. Jesús acaba de hacer un gesto inaudito: acaba de lavar los pies de sus discípulos. Aquí, el servidor es el Hijo; el anfitrión es Dios, el Padre; la casa es la vida compartida. «Que donde yo estoy, estén también ustedes». La «casa del Padre» es aquella donde son invitados a entrar en pos del Hijo, por Él y gracias a Él. Ante lo inaudito de este gesto y de estas palabras, Jesús nos invita a creer: por extraordinaria que sea su palabra, es verdadera, porque Él es la Verdad.

Para Tomás y Felipe, Jesús no es todavía más que un intermediario que conduce a un término diferente de Él: Dios. Pero Jesús se afirma como manifestación encarnada de Dios mismo. Toda su vida no puede comprenderse sino por el intercambio de amor que mantiene con el Padre. Ella revela la vida relacional que es Dios mismo. Es en esta vida íntima donde el Señor quiere atraer a sus discípulos. Su partida les permitirá reconocer, más allá de su naturaleza limitada, a la persona profunda que se dejaba entrever a través de todos sus actos.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», declara Jesús a Tomás. Esta declaración expresa la idea del camino justo que los humanos deben tomar para llegar al buen pasto. Jesús guía hacia la Verdad que es Él mismo en persona. Es en Él, más que en el mercado o el bazar de las ideologías y las religiones, donde encontraremos la verdad sobre Dios.

Porque continúa: «Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre. Desde ahora ya lo conocen y lo han visto». Este Jesús que los discípulos veían, oían y podían tocar, es el camino hacia el verdadero Dios que es Padre.

A la petición de Felipe: «Muéstranos al Padre», Jesús responde: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Jesús ha resucitado, pero ya nadie lo ve ni puede verlo. ¿Dónde se encuentra ahora? ¿Cuándo y cómo encontrarlo junto al Padre? La pregunta de Felipe es la que se hacían los cristianos en los primeros tiempos de la Iglesia. El evangelista responde que la única manera de unirse al Resucitado, y desde hoy mismo, es vivir de sus palabras, meditar sus gestos, sus «obras». Los cristianos tienen que descubrir que, para ellos, la única posibilidad de ir al Padre es «pasar» por Jesús, es decir, imitar su actitud profunda, amar como Él hasta el final.

Porque, al conocer a Jesús, la persona humana puede llegar al conocimiento del Padre. Inútil tomar otro camino. Jesús es la revelación auténtica de Dios. Jamás nadie ha hablado como Él. Jamás nadie ha amado como Él. Es a partir de sus palabras y de sus actos que podemos tener una visión adecuada, aunque sea incompleta, de Dios que es trascendente.

Vivir la Eucaristía como una Nación Santa

El sacrificio eucarístico es la entrada en el verdadero intercambio de amor. «Ustedes son una estirpe elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo destinado para la salvación». Tal es la vocación del cristiano, invitado a ofrecerse con Cristo, para entrar en el intercambio de amor propio de Dios mismo. Es precisamente a esto a lo que nos llama la Eucaristía: nos ofrece el medio de identificarnos con Jesús, con aquel que, a través de toda su vida, se manifestó Hijo del Padre.

¡Amén!

+Émilius Goulet, PSS
Arzobispo emérito de Saint-Boniface

5º Domingo de Pascua 2026: Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida

Si te ha gustado este contenido, ¡compártelo!