Tercera parte

SEGUNDA PREGUNTA: su lugar y su papel en el mundo.

El alejamiento de Jesús tiene consecuencias para el grupo de discípulos que deben encontrarse en relación con el mundo. Su lugar ya no es el mismo y su papel ha cambiado. La ausencia de Jesús reorienta al grupo hacia el Padre y empuja a los discípulos a ocupar el lugar que dejó vacante Jesús. En cierto modo, la disposición de este lugar es una de las principales preocupaciones de la oración de Jesús.

Según la intención de esta oración, se trata de seguir las huellas de Jesús: «Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy» (v. 24). Por eso, Jesús transmitirá a los discípulos su condición de enviado: «Como tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo» (v. 18), después de haber pedido al Padre que los santifique: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad» (v. 17). Como santificados y enviados, los discípulos llevarán entonces los dos rasgos principales de la identidad de Jesús, rasgos a los que el propio Jesús se refiere al argumentar su identidad ante las autoridades judías: «al que el Padre ha consagrado y enviado al mundo le dice: «blasfemáis», porque yo he dicho: «soy el Hijo de Dios». (10,36)

Al ir al Padre, Jesús pone entonces a los discípulos en su lugar y los distingue como portadores de la palabra del Padre en el mundo (Jn 17,17-19). Orientado hacia el Padre, este grupo de discípulos se diferencia así del mundo que, cerrado en sí mismo, representa la oposición a cualquier posibilidad de alteridad y de relación. Sin embargo, este mundo es el objeto de su misión. Para unirse a Jesús, los discípulos deben, como él, enfrentarse al odio del mundo y a su confrontación. Su tarea es, en efecto, esta: «vivir en el mundo» sin «ser del mundo». La oración de Jesús apunta a los discípulos en esta dirección: «Les di tu palabra y el mundo los odió, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como yo no soy del mundo» (vv.14-16).

La configuración con Cristo, el camino esencial del discipulado

La santificación de los discípulos está entonces ligada al hecho de haber guardado la palabra recibida como palabra del Padre. Llevan la palabra del Padre y a través de esta palabra serán «santificados en la verdad» (v.17.19). La confesión de fe de Pedro en el Cuarto Evangelio ya había aludido a esta conexión entre la santidad y el hecho de llevar la palabra. Aparece al final de un largo discurso de Jesús en el que sus oyentes se enfrentan a la decisión de abandonarlo o seguirlo. En nombre de los doce, Pedro interviene para expresar la razón de su fe e interpretar la enseñanza de Jesús en su conjunto: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tienes las palabras de la vida eterna. Creemos y hemos reconocido que eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). La calidad de las palabras de Jesús da así a los discípulos la razón para creer y reconocer que es el «Santo de Dios». El uso sucesivo en este texto de los verbos πιστευω y γινωσκω en tiempo perfecto indica que esta profesión de fe de los doce es fruto de una progresiva profundización en las palabras de Jesús, así como de un mejor conocimiento del misterio de su persona.

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