CUARTA PARTE
La configuración de sus relaciones.

El deber de los discípulos es, en efecto, estar allí, presentes en el lugar de Jesús, en el mundo. Orientados hacia el Padre, encuentran, a pesar de la distancia, una forma de continuar su relación con Jesús. Toda la oración está construida para revelar a los discípulos su nueva condición: «Quiero que estén conmigo donde yo estoy» (v. 24). Estar con Jesús está ahora condicionado por estar allí, en su lugar, donde él sigue presente a través de sus palabras y mandatos: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (15,10)

Como portadores y comunicadores de la palabra que viene del Padre, los discípulos son testigos ante el mundo de una palabra que viene de otra parte y en la que serán santificados (v. 17). Su acción es indispensable porque, atravesada por el eje vertical de la alteridad, remite siempre al Padre. Su santificación se logrará, sin embargo, por su continua disposición a asumir esta verdad de los demás y a transmitirla, con la esperanza de suscitar la fe de los que aún no están abiertos a esta alteridad del Padre. Así se prevé la ampliación del grupo de discípulos, cuando en la oración Jesús mira al futuro: «No ruego sólo por ellos, sino también por los que creerán en mí por su palabra» (v. 20).

Con la partida de Jesús hacia su Padre, el grupo de discípulos tomará forma, y la cuestión de su unidad se volverá esencial para ellos. Los discípulos tendrán que convertirse en un signo en el mundo de un tipo particular de unidad que puede distinguirse en tres niveles diferentes: en el nivel de la comunicación, en el nivel de la relación y en el nivel del rol a jugar.

La unidad de Dios, fuente inagotable de la unidad de los discípulos y futuros creyentes

A nivel de comunicación.

La unidad de los discípulos que se pide en la oración de Jesús se explica en primer lugar a partir de la transmisión de dos dones diferentes: la palabra (v. 8) y la gloria (v. 22). Ambos dones provienen del Padre. Primero se dirigieron a Jesús. La presencia de estos dones en el grupo de discípulos es indispensable para la llamada a la fe, no sólo de los futuros discípulos, sino también del propio mundo. Este acto de transmisión en el que actúan varios actores debe ser representativo de una única acción: «La manifestación del nombre del Padre». Además, la autenticidad de estos dos dones transmitidos está intrínsecamente ligada a nuestra percepción de la unidad de los discípulos con Dios Padre. Esta unidad se convierte entonces en un indicio del origen único de los dones recibidos y de la legitimidad de la fe de los discípulos en Jesús como «enviado del Padre». En la oración, en efecto, los dones de la palabra y de la gloria aparecen implicados en un acto de comunicación en el que Jesús da a los discípulos lo que ya había recibido del Padre. La analogía de estas dos acciones puede verse cuando contrastamos los dos versos que aluden a ellas:

  • V.8 «las palabras que me diste, las di».
  • v.22 «Les di la gloria que me diste».

En estos dos versos, el acto de comunicación requiere una unidad para que se produzca la transmisión de estos dos dones. Esto puede reconocerse en los dos rasgos que distinguen esta comunicación, la transitividad y la alteridad. En el primer rasgo (transitividad), la autenticidad del don se percibirá en la unidad de la palabra que se propaga o en el resplandor de la gloria transmitida, del Padre al Hijo, del Hijo a los discípulos y de éstos al mundo. En el segundo rasgo (la alteridad), se reconocerá en la unidad de la palabra escuchada y la gloria percibida cuando se haga evidente su referencia al Padre como dador original. En cuanto al contenido de estos dos dones, se puede delimitar por las dos áreas características de cualquier transmisión. En cuanto al don de la palabra, su dominio es el del discurso, abarcando tanto la expresión como el entendimiento (vv.6-8). En cuanto al don de la gloria, su dominio es el de la acción y los signos, abarcando así toda la obra realizada (vv.4-5).

A nivel de relación.

La unidad caracteriza al grupo de discípulos y futuros creyentes. Los identifica con el mundo y los sitúa en este acto de transmisión donde la relación entre el Padre y Jesús se convierte, por analogía, en el modelo también de la relación entre Jesús y sus discípulos. Si observamos las tres apariciones de la oración por la unidad (vv.11; 21 y 22-23), vemos que presentan una estructura similar: a la unidad solicitada (que sean uno), sigue siempre una alusión al modelo sobre el que se construye esta unidad (como nosotros somos uno). Este modelo se repite cada vez que la oración alude no sólo a la unidad del grupo de discípulos, sino también a la de los futuros creyentes:

11.       Discípulos

11.       Discípulos

21. Futuros creyentes

21. Futuros creyentes

22.

«para que sean uno como nosotros somos uno:

Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad».

23.

y para que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado como a mí.

Las dos peticiones de unidad de los futuros creyentes (vv. 21 y 22-23) terminan subrayando su objetivo, «para que el mundo crea que tú me has enviado» o «para que el mundo reconozca que tú me has enviado». Este objetivo se expresa en cada ocasión a través de un verbo diferente (πιστευω o γινωσκω) que deriva su significado de los versos precedentes:

20 No rezo sólo por ellos,

sino también para aquellos que,

por su palabra, creerán en mí,

21 para que todos sean uno.

Como tú, Padre, estás en mí

y yo en ti,

que también estén en nosotros,

para que el mundo crea

que me has enviado

22 Les he dado la gloria

que me diste,

para que sean uno

ya que somos uno:

23 Yo en ellos y tú en mí,

para que sean perfectos en la unidad,

y que el mundo sepa

que me has enviado

y que los has amado

como tú me has amado.

En cuanto al primer verbo (πιστενυω), se trata principalmente de la fe que pasa por la veracidad de la palabra dada (vv.20-21). En cuanto al segundo verbo (γινωσκω), se trata más bien de la fe que proviene del reconocimiento de las obras realizadas y de su origen divino (la gloria). La más importante de estas obras se cita aquí: «que los has amado como a mí» (vv.22-23).

Si observamos los tres casos en los que Jesús reza por la unidad, nos damos cuenta de que no se trata de una simple repetición. Cada vez esta oración lleva una nueva explicación:

Sin embargo, la unidad propuesta no puede reducirse a la simple fraternidad humana de la que ya habla el cuarto evangelio en el discurso de despedida (13,34-35; 15,12.17). También implica la relación de los futuros creyentes con Jesús y su Padre, donde se trata de ser uno con ellos (vv. 21-23). De la afirmación de una unidad construida sobre el modelo de la relación entre Jesús y su Padre, pasamos a desvelar una unidad que es expresión de la inclusión del grupo de futuros creyentes en su relación. Además, es Jesús quien hace posible este pasaje: «Yo en ellos y vosotros en mí» (v.23).

Así, la unidad de los creyentes se convertirá en una llamada a la fe para el mundo. Gracias a esta unidad, el mundo podrá escuchar que la palabra proclamada es la misma palabra del Padre y que las obras realizadas permiten aún contemplar su gloria. A través de los futuros creyentes, el mundo tendrá entonces acceso a los dones de la palabra y de la gloria, los más importantes de todos los que Jesús, el enviado del Padre, había transmitido a sus discípulos. Estos dones son indispensables, en efecto, para el reconocimiento de la verdadera identidad de Jesús: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, que recibió de su Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (1,14).

La unidad de Dios, fuente inagotable de la unidad de los discípulos y futuros creyentes

A nivel del papel que se va a desempeñar.

El acontecimiento nuevo y decisivo realizado en Jesucristo continúa en el cuerpo único formado por los discípulos o, en el futuro, por los futuros creyentes. La característica principal de este cuerpo es que está ahí, en el lugar de Jesús en el mundo. La partida hacia el Padre inaugura una nueva era y da lugar a un nuevo tipo de relación en la que la comunidad de discípulos se convierte en «el santuario de la presencia del Padre y del Hijo en el mundo» (14,23) y en «la comunidad de verdaderos adoradores anunciada por Jesús» (4,21-24).

Por el Jorge Pacheco, PSS

Superior Provincial

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