Los movimientos de Jesús, en esta primera escena que nos presenta el Evangelio de hoy, sacuden nuestras ideas. Y tal vez también nuestra manera de concebir la vida hoy.
Despojándose de sí mismo, el Señor se hace esclavo, se pone al servicio de sus discípulos. Asume el papel del servidor. Se arrodilla ante los hombres para lavarles los pies.
En la introducción de esta escena, el evangelista es claro: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.»
Este gesto no es pasajero. Simboliza toda la vida de Jesús: un gran acto de amor, sin medida, hasta el final. Pero ese amor también implica la pasión, el sacrificio y la entrega total de sí mismo, en silencio, hasta el final.
Por amor, Jesús pone su vida en manos de los hombres. Judas, encerrado en su propio mundo, decide entregarlo y termina vendiéndolo a otros que buscarán silenciarlo, para que su acto de amor no cuestione la estructura que les asegura los puestos de privilegio.
Pedro, por su parte, a fin de evitar el compromiso que implica ser objeto de un amor tan grande y poderoso, continuará a colocar barreras, tales como la incombrensión, el miedo, la angustia de dejarse conducir por caminos desconocidos lejos del control y los cálculos hacia un horizonte… sin límites.
Y, sin embargo, la palabra de Jesús resuena todavía hoy para cada uno de nosotros: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.»
Entrar en la dinámica de este amor es tener parte con Jesús. ¡Ésa es la gran invitación del día de hoy!
En todo servicio que damos —por amor o por obligación— hay un despojo, un desprendimiento de si a realizar. Siempre hay algo de nosotros que ofrecer por el bien del otro al que servimos.
La alegría llega al final del camino, cuando hemos tenido el valor de ir más allá de los límites y de entregarlo todo.
Es verdad, hay aún algunos momentos intensos por vivir, desapegos difíciles a aceptar, límites a superar, barreras que deben caer.
Aquí, Jesús lava realmente los pies de sus discípulos. Pero al hacerlo, da testimonio de una comunión de una profundidad inaudita. No se trata simplemente de una tarea humilde: Jesús nos invita a lavar los pies de nuestros hermanos.

Tener parte con Jesús es comulgar con Él. Es a cada uno de nosotros que Jesús dice: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.»
Este gesto del lavatorio de los pies anuncia el despojo supremo de la Cruz. Esta será la señal de que el amor grandioso y poderoso de Dios ha comenzado a actuar en nuestra vida.
Tomemos conciencia de lo inaudito de este gesto porque cambiará por completo nuestra manera de concebir la relación con Dios.
Dios ya no está arriba… Está abajo. En el lugar más humilde. ¡Una revolución espiritual!
Cada uno de nosotros puede entrar en esta escena. Sentarse a la mesa con los discípulos. Jesús se acerca a cada uno de nosotros. Se arrodilla frente a nosotros. Nos lava los pies.
¿Cómo reacciono ante esto? ¿Ante este Dios de rodillas frente a mí? ¿Rechazo, como Pedro, inicialmente? ¿Acepto después?
Si acepto que Jesús me lave los pies, acepto que Dios me ama. Que cuida de mí. Acepto dejarme amar por Él.
Pero eso me compromete a hacer el mismo gesto con los demás.
Por P. Jorge Pacheco, PSS
17 de abril de 2025